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Hasta siempre, Ramón

El exentrenador del Cádiz falleció ayer a los 61 años como consecuencia de un derrame cerebral que sufrió el pasado sábado El cadismo pierde a la figura con la que encariñó al país con sus milagros

Escrito por el 2013-05-10 00:35:07
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Se fue Ramón. Se agarró a la vida hasta el último momento, pero ayer, pasadas las tres de la tarde, expiró. Tenía tanta vida y la vivía con tanta intensidad que no quiso despertar. Descansó. Y lo hizo, cuando todavía le quedaba mucho por dar al club al que ya le había dado todo.

A sus 61 años, Ramón Blanco Rodríguez (Vimianzo, La Coruña; 20 de febrero de 1952), un gaditano de Galicia que echó raíces en una tierra que lo hizo suyo desde que llegó en 1976, puso punto y final a su vida después de que el sábado -cuando celebraba el cumpleaños de su mujer Marina- sufriera un derrame cerebral que lo llevó al Hospital de Puerto Real, donde permaneció hasta la noche del lunes, que fue trasladado al Puerta del Mar. Pero no pudo ser. Sus familiares y amigos iban perdiendo la esperanza de recuperarlo conforme avanzaban los días hasta que ayer, pasadas las tres y cuarto de la tarde, su cuerpo dejó de funcionar para conmoción del cadismo, que se vino abajo con la triste noticia.

La capilla ardiente se instaló al caer la tarde de ayer en el Tanatorio Virgen del Rosario de Cadiz, por donde no pararon de pasar ilustres y reconocidos cadistas. Y hoy se celebrará el sepelio a partir de las 10.30 de la mañana.

Ramón Blanco ha pasado por todos los escalafones dentro del club de sus amores. Ha saboreado la miel de los triunfos y la hiel de los fracasos. Ha sufrido infartos, ha llorado, ha reído -eterna sonrisa-, ha vivido a doscientos por hora dentro de un club en lo que fue todo y al que -antes de recibir la llamada de Gaucci- no tuvo remilgos de volver, sin anillos en las manos, mientras cargaba la cámara para facilitar la tarea a su compañero de Onda Cádiz. Porque Ramón Blanco era así. No le importaba su pasado, ni lo que fue, ni lo que podía ser. Era la humildad personificada. Los nuevos jugadores -esos que llegan y pasan año tras año por El Rosal sin haber empatado con nadie- le hablaban como si fuera un becario, o un trasnochado comunicador. Y él, lejos de tomárselo a la tremenda, sonreía. Siempre.

Llegó al Cádiz en la temporada 76/77, la del ascenso a Primera con Enrique Mateos como entrenador. Era un mediocentro de casta. «Lo daba todo, como en la vida. Entregaba todo lo que tenía en los primeros minutos y luego lo pasaba mal. Le decíamos que se regulase, se dosificase, pero nada, Ramón iba a por todas desde el primer momento. Luego, ya con los años, comenzó a saber dosificarse». Quien habla es Hugo Vaca, compañero y, sobre todo, amigo. El argentino llegó en 1980 a Cádiz y desde el primer día se hizo inseparable de Blanco, con quien compartía recuerdos de Argentina, donde Ramón vivió su infancia. «Éramos amigos. Entonces no existía eso de compañeros como ahora se dice. Antes todos éramos amigos. Comíamos pizzas en casa, íbamos a entrenar juntos. Era todo muy distinto a hoy», comenta el presentador del Submarino Amarillo de Onda Cádiz, donde también coincidió con el fallecido.

Ramón Blanco vivía por y para el fútbol. Y especialmente, para el Cádiz, donde comenzó a forjarse como entrenador. Precisamente, Hugo Vaca recuerda aquellos años. «Entramos de la mano en el Cádiz en 1987. Él se hizo cargo del Balón juvenil y yo entré a formar parte de la cantera». Poco después, uno -el argentino- en los despachos, y otro -el gallego- en el banquillo, consiguieron sacar brillo a la etapa dorada del Cádiz de los milagros.

Uno de los que aprendió las primeras lecciones de Blanco fue Moisés Arteaga, que cuando era juvenil entrenaba a la vera del técnico gallego. «Era un padre para mí y para todos nosotros», recuerda el espigado extremo izquierda de los 90 con un nudo en la garganta. Arteaga, junto a Kiko, Javi Germán, Alejandro Revuelta, Mateos y muchos más, conquistaron el campeonato de Tercera División con Blanco en el banquillo. «Todos guardamos muy buenos recuerdos de aquellos años. Cada viaje era una excursión de amigos y Ramón era el padre de todos. Compartimos muchas risas y alegrías», rememora Arteaga, muy tocado por la noticia y de camino al tanatorio para despedir al que era «un padre al que siempre abrazaba cuando nos encontrábamos por la calle».

Aquel Cádiz B no ascendió, entre otras cosas, porque por aquel entonces era inviable tener al filial en Segunda B. Además, todo se unió. «En la liguilla de ascenso nos goleó el Conquense allí en Cuenca. El club no nos dijo nada, pero todos sabíamos que si ascendíamos en el campo, en los despachos no sería así. No era excusa, pero además jugamos el mismo día en el que Kiko debutó con el Cádiz ante el Zaragoza en el día que se consiguió la promoción ante el Málaga con una remontada», cuenta Arteaga, que un año después pasaría a ser profesional de la mano de Blanco.

Esa 90/91 fue la temporada en la que Ramón comenzó a escribir con letras de oro su leyenda. A once jornadas para el final, Irigoyen reemplaza al 'bambino' Vieira por el gallego, que consigue una salvación milagrosa con victorias de infarto como la del Sevilla, Zaragoza o el mítico 4-0 al Barcelona de Cruyff. El apoteosis llegó en la tanda de penaltis ante el Málaga en la que Juan José marcó el último gol desde los once metros antes que Szendrei detuviese el último al Málaga. «Yo no quería tirar, pero una vez que acabaron los cinco primeros me dijo Ramón que me pusiera las botas porque me tocaba», cuenta el internacional gaditano.

Al año siguiente, Blanco sigue mandando en el banquillo cadista y se consigue, de nuevo y por los pelos, la permanencia después de una nueva promoción ante el Figueras de Jorge D'Alessandro con un 2-0 en Carranza y 1-1 en la vuelta, donde un cabezazo del 'Mami' Quevedo dejaba tranquilo al cadismo, que volvería un año más a disfrutar del fútbol de Primera. Uno de aquellos artífices del éxito recuerda con profundo lamento a Blanco, pese a que no fue su descubridor. «Tengo muy buenos recuerdos de él. Siguió confiando en mí después de que se fuera David Vidal y siempre le estaré muy agradecido, tanto a él y como a Hugo Vaca». Quevedo, que después siguió triunfando en Primera defendiendo los colores, entre otros, del Rayo Vallecano, habla de su carácter. «Ha sido una pena. Me gustaba hablar con él cuando nos encontrábamos en la playa. Era entrañable y también muy nervioso. De hecho, cuando me enteré que iba a coger el equipo este año no me lo creía... Y al final... Ha sido muy fuerte lo que ha pasado, la verdad».

Despedida y regreso

Aquella permanencia sería la última temporada que Blanco acabó con una sonrisa. Irigoyen le presentó una oferta que no aceptó y no renovó. Pero no tardó en volver. El Cádiz se puso en manos de José Luis Romero, al que no tardó en destituir pasadas las navidades en las que el presidente cadista no duda en llamar al 'hombre milagro'. Y Blanco, volvió. Pero ya era tarde. El equipo notó una franca mejoría pero eran muchos los puntos que se había dejado en el camino. Uno de los que sufrió en primera persona aquel descenso fue el capitán Carmelo, que ayer descolgaba el teléfono hundido. «Una pena, ha sido una pena. Se ha ido un gran cadista. Tremendo cadista. Yo le tenía un gran cariño, pero no el típico cariño, le tenía un cariño especial. Era un padre para todos», manifestaba con la voz entrecortada. Preguntado acerca de ese año en el que el Cádiz perdía la categoría de oro, narra el tremendo disgusto de Blanco. «Aquel año, Ramón lo llevó fatal. Él era muy temperamental, muy visceral. Imagínate como lo pasó». Al margen del aquel descenso, Carmelo subraya el papel que tenía como profesional. «Nos trataba genial. Era un entrenador dedicado al cien por cien a sus futbolistas, a los que defendía a muerte de cara a la directiva». Ese año, además, es el «del lío en Carranza con Maradona en el que Ramón le mete un gancho tremendo al segundo de Bilardo, que iba perdonando la vida por el túnel de vestuarios», acierta a recordar con nostalgia el 'Beckenbauer de la Bahía'

La liguilla del Bernabéu

Con el Cádiz en Segunda, Blanco desapareció de la Plaza de Madrid unos años mientras entrenaba en el Marbella. Ya en Segunda División B, en la 96/97 y con Antonio Muñoz de presidente, vuelve a recibir la llamada de su Cádiz. Sustituye a Juan Carlos Álvarez, que tenía al equipo coqueteando con Tercera, y casi alcanza la liguilla de ascenso de no ser por un robo arbitral en Carranza contra el Jaén en el que Ramón ya avisaba con sus 'teleles'. Sí lo alcanzaría el año siguiente, pero el sorteo emparejaría al cuadro gaditano con los filiales de Madrid y Barcelona y fue tarea imposible pese al buen juego desplegado por los pupilos de Blanco, donde destacaba el 'chino' Zárate. Aquella liguilla pasó a la historia por el masivo desplazamiento de cadistas al Santiago Bernabéu, donde quedó el que iba siendo el enésimo milagro de Ramón, que abandonó la nave cadista al término de la campaña.

Sin su escudo del Cádiz en la solapa, comenzó a conocer otros amores dentro del mismo. Atravesó la región andaluza dirigiendo a equipos del grupo IV y más tarde al San Fernando. Colgó la pizarra para seguir ligado al fútbol, pero ahora desde la barrera. Tomó el micro de Onda Cádiz para llevar a los gaditanos su visión como técnico desde la pequeña pantalla. Aparentemente, era feliz. Llevaba una vida tranquila, viajaba con el equipo y acudía cada mañana a El Rosal. Pero en estas que le llegó la llamada de Alessandro Gaucci, que le ofertó la plenitud. Colgó el micro, se calzó las botas y entró cargado de ilusión para tirar de un vestuario hundido. Pero sus milagros habían caducado. Paco Baena, «su hermano» y segundo, habla de esos días. «La gente dice que fueron unas semanas muy duras, pero no fue así. El equipo jugaba bien y él estaba convencido que acabaría funcionando, pero no llegaron los resultados. Luego ya, como adjunto a la secretaria técnica, disfrutaba como un niño cada día. Iba a El Rosal, hablaba con los jugadores, con los técnicos, aconsejaba... Era plenamente feliz. Pero ha llegado esto...»

Descansa en paz, Ramón. Y gracias.

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